A mi que me registren

José M. Alarcón
José M. Alarcón
Gallego de Vigo, amante de la ciencia, la tecnología, la sociología, la música y la lectura. Ingeniero industrial y empresario. Fundador de Krasis, especialistas en e-learning. Autor de varios libros y cientos de artículos.
A mi que me registren

A medida que pasan los años y voy conociendo y tratando a más personas, no deja de sorprenderme la habilidad de algunos para soslayar toda responsabilidad en sus actos. Además dicha incapacidad de auto-crítica suele ir acompañada por una tendencia a culpar a los demás de todo lo que les ocurre y que es casi siempre consecuencia directa de su comportamiento.

Así, y sistemáticamente, la culpa es del gobierno, de su mala suerte, de que alguien ha hecho mal su trabajo, de que otros han conspirado contra él o ella, de lo mal que lo han tratado, de que no ha nacido en la familia adecuada, de que sus padres no lo querían, de que no tuvo padres, de que le tienen manía, del profesor de matemáticas, del tiempo atmosférico… Muchas veces la culpa la tengo directamente yo, el autor de este blog 😉 Este tipo de personas ya en el colegio “aprobaban” lengua, pero “les suspendían” las matemáticas.

En España tenemos una frase hecha que refleja bien esta actitud: “A mi que me registren”. Si bien puede utilizarse para indicar que no hay nada que ocultar, lo cierto es que las mayor parte de las veces se emplea simplemente para eludir la responsabilidad propia en algo.

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A este tipo de comportamiento en psicología se le denomina victimismo, y está reconocido como un trastorno paranoide de la personalidad. Además es muy común, mucho más de lo que nos podamos pensar. Un victimista culpará a quien sea o a lo que sea con tal de no reconocer su propia parte de responsabilidad. Su razonamiento interno es que él o ella es tan solo una víctima del entorno o de los demás, por lo que no tiene responsabilidad alguna en lo que le ocurre o en lo que hace.

Y lo más lamentable es que, generalmente, cuanto mejor se portan los demás con ellos, más virulenta se vuelve la reacción contra este entorno “hostil” cuando al final cometen un error y todo se derrumba. Por lógica debe ser así, ya que cuesta más justificar sus actos nefarios en un entorno que les ha sido favorable. Por este motivo (y es triste decirlo) debemos elegir muy bien a quien ayudamos o con quién somos solícitos en nuestro día a día puesto que, como dijo un cínico, “toda buena acción tiene su castigo”.

Creo que es evidente que no existen los casos extremos: uno no siempre tiene la culpa de todo lo que le ocurre, al igual que en ocasiones no está libre de responsabilidad por acción u omisión.

Por supuesto que a veces se sufre la mala suerte, es cierto que alguien nos ataca abierta o subrepticiamente, y puede que otros hagan mal su trabajo y ello nos afecte. Pero en muchos casos la cruda realidad es que el principal motivo de lo que nos ocurre es que no hemos puesto la atención o el esfuerzo necesarios, nos hemos dejado llevar, o directamente hemos obrado mal.

La capacidad de auto-crítica constructiva (alejada de la contraproducente auto-flagelación) es un síntoma de una personalidad madura. Es difícil hacer verdadera introspección y reconocer nuestro errores. Es duro, pero es el primer paso para que todo vaya a mejor, porque de los errores y de los fracasos propios se aprende. Las personas que se refugian en el victimismo corren el riesgo de entrar en un círculo vicioso del que no pueden salir jamás, ya que para hacerlo hay que reconocer primero donde está el problema y van a ser incapaces.

En fin. A mi que me registren…

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